La actividad esencialmente propia de la Arquitectura es la ordenación del espacio en su más amplia expresión. La ordenación espacial se inicia con la fase creadora-proyectual en base a unos condicionantes y necesidades que determinan un programa, y culmina con la fase de materialización de la obra arquitectónica.
Este paso de la idea a la obra construida precisa de unos conocimientos que permitan llevar a cabo el proceso de una manera racional. Además, durante el proceso, el arquitecto debe realizar una función generalista y coordinadora de los agentes y elementos intervinientes, teniendo a la vez un amplio conocimiento de las especialidades, cada día más numerosas y complejas, dentro del campo de la Arquitectura.
La formación de un arquitecto se centra tanto en la teoría como en la práctica del Proyecto, atendiendo a los siguientes requerimientos: el conocimiento estructurado de la historia y de la composición arquitectónica; el conocimiento completo de los materiales y sistemas de construcción en edificaciones así como de todas aquellas tecnologías que aseguran su eficacia y estabilidad; y el conocimiento y la comprensión de los hechos urbanos, tanto de los que pertenecen a la ciudad histórica como a las estructuras urbanas que configuran la ciudad actual.
Para la consecución de estos requerimientos el alumno recibe, durante el primer ciclo de los estudios, la formación más completa tanto en el área de la expresión gráfica como en las de matemáticas y física aplicada. Estas son las herramientas que le permiten expresar, representar e interpretar gráficamente el espacio, el volumen y la forma. Se favorece así la manifestación de sus propias ideas y se fomenta su capacidad analítica, el sentido crítico y el razonamiento lógico para abordar los aspectos tecnológicos de la edificación.
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